Vivimos obsesionados por la aceptación, desde que nacemos: ojalá mis padres crean que lo hice tan bien como ellos quisieran, que llegue tan lejos como ellos esperaban, que la tía Clodomira se jacte de mí en sus reuniones con sus amigas de la cuarta edad, que mi jefe me felicite por ese informe que hice hasta las 12 de la noche, que ante los ojos de mis hijos sea el héroe que no necesita andar en panties por la calle. Y ni qué decir de figuras que nos guían o a las cuales admiramos.
Incluso existen raíces biológicas que condicionan que seamos aceptados o no, si eres lindo, delgado, alto, sin acné. Raíces sociales también: venir de una familia adinerada, de buena posición social. Raíces ancestrales: árbol genealógico (ojalá que no hayan existido asesinos en tu familia).
Incluso, la religión condiciona el amor de Dios, te ama si no pecas, te ama si vas a misa, te ama si cumples los 10 mandamientos.
¿Acaso todo confabula para que busquemos la aceptación de un tercero?